jueves, 12 de junio de 2014

Tres dinosaurios en el trineo (I)

Tres hombres llegaron al monte Terror tras caminar de noche sobre el mar durante diecinueve días.
Uno puede pensar en el hielo de la Antártida como algo estable, inmóvil, acumulándose capa a capa a lo largo de los milenios; pero lo cierto es que forma corrientes igual que el agua líquida, que fluyen a través de glaciares desde el centro del continente hacia las Barreras, inmensas plataformas flotantes de hielo que se extienden a lo largo de la costa. En ellas la lengua de hielo pierde velocidad, como un río en su desembocadura
La mayor de estas placas es la Barrera de Ross. A ella llega una lengua de hielo compuesta por decenas de glaciares que avanza, lenta pero inexorablemente, en dirección al mar. Prácticamente el único obstáculo que encuentran a su paso es el cabo Crozier, un brazo de tierra de 300 metros de altura que no debería estar allí, en el extremo oriental de la isla de Ross, a la sombra del monte Terror. El hielo serpentea a su alrededor y amenaza con desbordarlo, se acumula con la fuerza seca y simple de las reglas de la naturaleza al cumplirse sobre él.
Se produce entonces una batalla en sordina entre la corriente de hielo y el Crozier. Este tiene que resistir un empuje constante y erosionador, como un árbol en medio de una riada; pero por otra parte frena el flujo del hielo y hace que se se produzcan crevasses, grietas de presión provocadas la diferencia de velocidades entre el que puede avanzar libremente y el que se queda encajonado por el cabo. Estas grietas son muy verticales y pueden llegar a tener decenas de metros de profundidad, y habitualmente se tapan con nieve recién caída, lo cual las hace muy peligrosas incluso a plena luz del día.
Los tres hombres habían salido de su base, en el Suroeste de la isla de Ross, el 27 de junio de 1911, con la intención de rodearla caminando sobre el mar de crevasses, en la oscuridad del invierno antártico, hasta llegar al cabo Crozier.
Antes de dar cada paso necesitaban tentar con el pie y guiarse por el sonido que les devolvía el suelo para intuir si podían cargar todo su peso, así que permanecían callados. Los dientes se les partían al castañear por el frío; el sudor se congelaba sobre su piel antes de llegar a la ropa. Arrastraban 300 kilogramos en dos trineos, y en ocasiones la nieve era tan blanda que tenían que dejar uno atrás mientras avanzaban con el otro. Varias veces por día alguno de los tres tenía que parar y empezar a golpearse metódicamente las piernas o un brazo para evitar que se les congelasen; mientras tanto, los otros continuaban caminando sin esperarlo. Todas las noches el aire que exhalaban al dormir iba formando una capa de escarcha sobre su cara y haciendo que cada vez respirasen con más fatiga. Al día siguiente tenían que levantar el campamento y continuar caminando, paso a paso.
Pasaron frío porque lo hacía, sueño porque no podían dormir, hambre porque gastaban mucha energía y comían poco. Durante ese viaje de diecinueve días, vivieron el horror seco y simple de las reglas de la naturaleza al cumplirse sobre ellos, día a día, simplemente porque no deberían estar allí. Esto era cierto para los tres, pero especialmente para Apsley Cherry-Garrard.

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