viernes, 15 de febrero de 2008

Historia de una gata callejera

Bajo mi portal vive una gata que no nos quiere. Mi madre se la encontró un día apresada entre unos hierros en la puerta de un garaje, maullando deseperada y muerta de hambre; le dio tanta pena que estuvo toda una mañana en la calle esperando a que alguien le abriese el portón, y después la quitó con sus propias manos del lugar donde estaba atrapada.
Le da de comer todos los días: al principio, bajaba todas las noches con las sobras de la cena envueltas en papel metálico, aunque últimamente le compra latitas de comida... La gata le corresponde dejándose acariciar sin protestar demasiado mientras come; y no yéndose durante mucho tiempo de nuestra calle, acaso para que no se preocupe, quizás simplemente porque tiene hambre.
No me gusta la gata. Nos vende su cariño por comida, como una prostituta cualquiera, se vende y nos provoca para que piquemos, se aprovecha de nuestros instintos, y se deja hacer con disciplina para cumplir sus objetivos.
No me gusta porque no nos necesita, es independiente y se va cuando quiere, sabiendo que al volver encontrará una latita de comida donde siempre se la dejamos. Nos usa y no le importamos. No me gusta porque mi madre gasta dinero en comprarle comida, y no nos da nada a cambio.
No me gusta, la desprecio, porque nunca llegaré a apreciarla aunque lo intente. Porque cuando estoy llegando a casa la veo acercarse, con el rabo levantado, cruzarse delante mía, y sólo puedo pensar que sus maniobras son poco sutiles, que he descubierto con sencillez su trampa, así que, sintiéndome superior, la ignoro y paso de largo, y ya es tarde cuando me doy cuenta de que su hambre es real, de que finalmente no es sino una pequeña gata callejera pidiendo comida. Me hace sentirme mal, me hace sentir un estúpido frío y sin sentimientos.
Y sin embargo, cuando no tiene hambre no hay quien le acerque la mano. Ni siquiera mi madre, a quien le debe la vida, puede acariciarla sin que ella quiera.
En todo esto pienso una noche, mientras bajo a tirar la basura. En lugar de verla a ella, me encuentro con todos los gatos del barrio peleándose por los restos de la comida que mi madre le había dejado el día anterior. La gata se ve muy pequeña y muy asustada, escondida bajo las ruedas de un coche, y no quiere salir de allí aunque le enseño la lata de comida que me he bajado para darle.
Entonces asusto a todos los gatos, incluso persigo a uno o dos que intentan ocultarse entre las sombras de la otra acera, y me quedo al lado de ella, diez minutos de pie en la medio calle vacía, mientras come (aunque lo hace con cautela, deteniéndose cada vez que escucha algo sospechoso y aguzando el oído para que nada la pille desprevenida, controlando la situación, cuidando muy bien de sí misma). Me siento un Marlowe, un Alatriste; durante esos diez minutos comprendo que da igual que no le tenga cariño ni le importe demasiado, que da igual que se aproveche de mi madre, y que nunca se atreva a entrar en casa más allá del portal: me quedo con ella aunque ni siquiera me necesite ya.
Es mi gata, y punto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario