Son las tres de la mañana y pese a llevar cuatro horas en la cama no logro dormir. Estoy tumbado, con los brazos pegados al cuerpo, las piernas estiradas, a oscuras, y me duele mucho la cabeza.
Tengo siempre en la mesilla una botella de plástico de un litro, que relleno más o menos cada dos días con agua fresca. Me la apoyo en la frente, la dejo quieta, separo la mano, y, como se sostiene, vuelvo a colocar el brazo donde lo tenía.
Estoy, por tanto, tumbado boca arriba en la cama cuan largo soy, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, muy quieto, y con una botella fría apoyada en la frente, pese a lo cual no se me calma el dolor.
Estoy, por tanto, tumbado boca arriba en la cama cuan largo soy, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, muy quieto, y con una botella fría apoyada en la frente, pese a lo cual no se me calma el dolor.
Ayer hice el último examen de septiembre y resultó ser un fracaso, pero como si no me importara en absoluto, hoy he ido a la Trama y me he gastado treinta euros en dos libros, dos libros cualquiera que no me van a cambiar la vida, ni me van a hacer mejor persona, ni responden a ninguna necesidad específica (ni tienen nada que ver con mi carrera, excuso mencionarlo). Me he tumbado en la cama a las once, y me he puesto a leer uno de ellos, un libro japonés, imaginaos qué lejos me queda. Y ahora me duele la cabeza.
El frío no parece surtir efecto. No me hace absolutamente nada. Giro la cabeza con la mayor violencia posible, y la botella se acaba cayendo al suelo. Pienso en la posibilidad de que ahora mismo, por el golpe, se haya movido el tapón y un reguero constante de agua esté mojando la alfombra y el piso de madera.
Me muevo en la cama, me acurruco de lado.

