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viernes, 23 de marzo de 2012

Insomnio en pareja

Una de esas noches de insomnio y calor y cada vez que te mueves haces ruido y descolocas algo que no serás capaz de colocar fácilmente luego sin hacer más ruido, así que deberías estarte quietecito.
Y la puñetera mesa tiene un tablero circular y luego una columna -la llamo columna pero sé que es un pie, estoy convencido con mi cerrazón de madrugada de que la columna cilíndrica que sujeta el tablero circular de una mesa no es una pata ni una pila, es un pie, pero tengo que llamarle columna porque el puto pie acaba en tres tacos triangulares, tres piezas que no son tres patas distintas, sino un trípode, y así el pie se convierte en tres, es uno y trino.
Y yo lo único que hago es tropezarme una y otra vez con los pies, incapaz de evitarlos, como mi padre jugando al fútbol. Solía jugar todas las semanas con sus compañeros de trabajo, que siempre eran recién licenciados que acababan de llegar a la empresa y ya estaban a punto de irse; mi padre llevaba quince años jugando el partido de los jueves y bromeaba con el otro viejo que quedaba. "A los veinte eres felino", decía el otro, "eres un gato. Corres -eso más o menos seguimos haciéndolo-, pero además giras, regateas, y lo mejor es que sabes a dónde vas, porque eres capaz de levantar la vista... A los cuarenta y pico corres mirando el balón y esperando que nada se te cruce por delante, eres como un elefante en estampida".
Si te estás quieto en cama tu excitación nerviosa, tu alienación insomne hace que te pasen por la cabeza ideas e imágenes como flashes deslumbrantes, como bombas de luz, y no puedes sentir otra cosa que la urgencia de escribirlo, de dejar constancia y de hacer algo, pero ya no sirve de nada, porque si eres capaz de pensar en escribirlo es que ya ha pasado, si todavía estuviesen allí no verías nada, sólo el humo, sólo luz blanca.
Tendrías simplemente que cerrar los ojos y dejarte aplastar, pero no eres capaz de no intentarlo así que haces ruido y te levantas y haces ruido y enciendes el ordenador y haces ruido y piensas que seguro que tienes algún texto a medio escribir al que le vendría bien tu energía nerviosa y desordenada de elefante en estampida si consiguieses domarla.
De alguna manera que no recuerdas porque has llegado corriendo sin levantar la vista, te encuentras delante de un documento con aquella historia que quisiste contar en cualquier otro momento sobre una mesita de tu bisabuelo, por ejemplo, y lo intentas aunque no te sientes capaz de hablar de ebanistería.
Y encima nunca llegas a la parte de tu bisabuelo haciendo la ouija para su patrón y aunque llegues no merecerá la pena, serán sólo palabras colocadas una tras otra formando frases y párrafos sin flashes deslumbrantes y habrás malgastado toda tu capacidad de concentración en buscar un sinónimo de pie y en  cuestiones teológicas.
Lo que pasa es que llegados a un determinado punto ya no se trata de decir nada en concreto y ni siquiera de que las metáforas tengan sentido, sino de sacar palabras, de sacar presión y hacer sitio, y que lo que se quede dentro sea el problema de otras noches.

martes, 12 de abril de 2011

Leve desvelo

Cuando le pides a alguien que se defina a sí mismo (por ejemplo, en una entrevista de trabajo), una de las primeras cosas que te contestará es que es una persona simpática. Luego vendrán otras: será también responsable, amante de la lectura y los viajes, y etc. Es la respuesta protocolaria, todos la conocen y nadie le da la menor importancia.
La cuestión es que se han proclamado simpáticos, entre otras cosas porque es lo que se dice, pero si se lo han planteado un poco más a fondo les habrá cruzado la cabeza un recuerdo fugaz y borroso de gente riendo sus chistes, de esa sensación de satisfacción cuando tienes una ocurrencia, y habrán decidido al instante que sí, que son simpáticos, probablemente sin darse cuenta de que les gusta el humor que tienen, porque es el que les hace gracia, y viceversa; y tienen ese humor porque es el que les gusta a sus amigos, que lo son entre otras cosas porque comparten su mismo humor.
Reconozco que el párrafo me ha quedado embrollado, pero estoy escribiendo con prisas y no he sabido hacerlo mejor: tuve que perseguirlo a la carrera, tropezándome, mientras se me escapaba una y otra vez trazando espirales que iban y venían y se alejaron para volver de nuevo, ahora mismo, al punto de origen, al hecho fundamental del asunto, que es una verdad tautológica, un cogito ergo sum, sota caballo y rey: que todo el mundo se resulta simpático a sí mismo, que soy simpático porque pienso, soy simpático porque existo. Es una perogrullada, ¿no?
No lo he leído en ningún sitio, pero parece cierto. Parece una verdad. Pero no sé qué hacer con ella. Es decir, aparte de escribirla aquí.
Es curioso, no hace ni dos semanas Lucía me preguntó por qué escribo, y no supe qué contestarle (es decir, le dije que no lo sabía, que no tenía ninguna razón buena para hacerlo); y ahora, tras almacenar en la cabeza durante años esta idea o intuición de idea, le estoy dando sin querer la mejor contestación que podía haberle dado.  Estoy sentado frente al ordenador improvisando este texto a salto de mata (y mira que he tenido años para meditarlo), Lucía, sin ninguna razón buena para hacerlo, porque son las tres de la mañana y todo es extremadamente urgente.
Porque tengo la idea o la intuición de la idea de que necesito escribirlo, porque no lo he leído en ningún sitio, y puede que no se le haya ocurrido a nadie. Y necesito darme prisa en escribirlo antes de que sea mentira, antes de darme cuenta de que me equivoco; o antes de darle tantas vueltas que la idea se acabe secando. Tengo que escribirla para dejarla quieta y fija y ponerme a pensar en cualquier otra cosa y finalmente dormir.
Porque no hace más que ir y venir, y el caso es que a lo mejor exagero, a lo mejor me esté dejando llevar por una idea atractiva, pero tengo la intuición de que hay algo que no me cabe en la cabeza y que tiene que ver o que va por ahí.
¿Soy realmente inteligente, o sólo tan inteligente como soy capaz de cuantificar? Desde luego, conozco a gente más inteligente que yo, aunque no sé cuánto más y creo que no mucho. ¿Acaso en realidad el problema es que noentiendo inteligencias mayores a la mía?
Me viene a la cabeza (fugaz y borrosamente) una teoría que dice que no se produce empatía entre gente cuyo coeficiente intelectual difiere en un 5%, o en 5 puntos o algo así. Es lo mismo, ¿no? Soy tan inteligente como mis amigos porque mis amigos son tan inteligentes como yo. Otra vez, me resulto inteligente a mí mismo, soy inteligente porque existo.
A estas alturas, incluso yo que estoy en el medio de la vorágine, me doy cuenta de que me he dejado seducir por la idea, y me he alejado a millas de donde había empezado. Lo cual supongo que está bien, porque escribo desde el principio sin saber a dónde voy a llegar, escapando de algo mientras estallan en el cielo fuegos artificiales, como arañas azules entre las estrellas & etc.

viernes, 15 de febrero de 2008

Me duele la cabeza

Son las tres de la mañana y pese a llevar cuatro horas en la cama no logro dormir. Estoy tumbado, con los brazos pegados al cuerpo, las piernas estiradas, a oscuras, y me duele mucho la cabeza.
Tengo siempre en la mesilla una botella de plástico de un litro, que relleno más o menos cada dos días con agua fresca. Me la apoyo en la frente, la dejo quieta, separo la mano, y, como se sostiene, vuelvo a colocar el brazo donde lo tenía.
Estoy, por tanto, tumbado boca arriba en la cama cuan largo soy, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, muy quieto, y con una botella fría apoyada en la frente, pese a lo cual no se me calma el dolor.
Ayer hice el último examen de septiembre y resultó ser un fracaso, pero como si no me importara en absoluto, hoy he ido a la Trama y me he gastado treinta euros en dos libros, dos libros cualquiera que no me van a cambiar la vida, ni me van a hacer mejor persona, ni responden a ninguna necesidad específica (ni tienen nada que ver con mi carrera, excuso mencionarlo). Me he tumbado en la cama a las once, y me he puesto a leer uno de ellos, un libro japonés, imaginaos qué lejos me queda. Y ahora me duele la cabeza.
El frío no parece surtir efecto. No me hace absolutamente nada. Giro la cabeza con la mayor violencia posible, y la botella se acaba cayendo al suelo. Pienso en la posibilidad de que ahora mismo, por el golpe, se haya movido el tapón y un reguero constante de agua esté mojando la alfombra y el piso de madera.
Me muevo en la cama, me acurruco de lado.