sábado, 22 de marzo de 2014

Ruta 60

Un chico de unos veinte años caminaba por la cuneta de una carretera de montaña estrecha y zigzagueante, haciéndole gestos a todos los coches que pasaban para que parasen. Vestía una chaqueta de lana con capucha completamente inútil bajo la lluvia, tenía mechones rubios pegados sobre la frente, parecía un pájaro con las alas mojadas.
Un coche oscuro de cristales tintados paró a unos metros de él, y poco después se abrió la puerta del copiloto, al tiempo que un rayo cruzaba el cielo. El joven dudó un instante pero acabó por subirse. Tras esto, el coche reanudó la marcha mientras el agua continuaba cayendo pesada sobre la carretera.
- No llovía tanto…
- Ya, no se veía venir, ¿verdad?…
El joven dejó caer la chaqueta en el suelo del coche y miró a su interlocutor, un hombre de unos treinta años de gesto serio. Llevaba las mangas de la camisa cuidadosamente dobladas hacia arriba; se había desabrochado el botón superior y aflojado la corbata. Agarraba el volante con fuerza, con seguridad, y parecía muy concentrado en conducir: no desviaba la vista de la carretera, ni siquiera lo miraba con el rabillo del ojo. Componiendo un gesto de fastidio con la boca, el joven le dijo:
- Menos mal que llevas puesto Pearl Jam; si no, me habría costado reconocerte…
- Ha pasado mucho tiempo.
- Quince años, casi. Has hecho bien en volver, se te ha echado mucho de menos por aquí. Pero mírate: traje, gomina… Pareces un ejecutivo.
- Me lo exigen en el trabajo nuevo, no es cosa mía. Es algo engorroso, pero me gusta el trabajo y vivir en casa y bajar al pueblo en un cuarto de hora, sin los atascos y los problemas de aparcamiento de la ciudad, que son… - en ese momento lo miró directamente a los ojos, y dejó la frase sin terminar- Te veo todos los días. Todas las mañanas al ir a trabajar, y otra vez por las noches, caminando por esta carretera como si estuvieses esperándome, exactamente igual que aquel día.
- Sí, y pasas de largo…
- Pues claro; enciendo la radio, intento distraerme con cualquier cosa y paso de largo. Dios, sí, ¿qué quieres? Tú harías lo mismo. Pero hoy he tenido que parar, por la tormenta, la lluvia…
- No, aquel día no llovía tanto.
Tras decir eso, el joven se quedó callado mirando por la ventana. Al cabo de un tiempo el hombre apagó la radio y le preguntó:
- ¿No vas a decir nada?
- ¿Qué quieres que te diga? No tenemos que hablar. Yo estoy aquí y tú me llevas contigo.
- Aquel día tampoco hablabas… -el hombre parecía estar pensando en voz alta-. Te subiste al coche, echaste el petate en el asiento de atrás, y luego te callaste  y me dejaste llevarte de vuelta a casa. Ni siquiera me dijiste adónde tenías pensado ir…
- ¿Tener pensado? No tenía pensado nada, qué iba a pensar, tenía veinte años… Ni siquiera estoy seguro de que quisiese irme, a lo mejor solo quería saber que podía, ¿comprendes? No lo recuerdo ya...
- Eso lo he pensado muchas veces. Nunca entendí por qué venías por esta carretera en vez de por la principal. Siempre pensé que realmente no querías escaparte de casa; por allí te habría podido coger un camionero, un transportista de esos, aquí solo te cruzarías con gente bajando madera del bosque al depósito.
- Me crucé contigo.
- Yo solo venía por aquí de casualidad, me había saltado el cruce de la otra carretera antes del puente y tenía pensado dar la vuelta para ir por la gasolinera... Nunca debería haber venido por aquí.
- Pero era lo que tenía que pasar, ¿no lo comprendes? Tenía razón. Yo no quería que me vieses y sabía que tú tampoco querías verme, pero era lo único que podía pasar. La única puta opción era volver a casa, y así fue toda la vida, y no tenía sentido decir nada, no sé, no tenía sentido intentarlo…


Y tenías que ser tú. No sabes cuánto te odié en ese viaje, me fastidiaba que me estuvieras llevando como si el hermano pequeño fuese yo, porque tú eras el responsable, el que se había sacado el permiso de conducir con dieciséis añitos recién cumplidos; y además papá te dejaba usar el coche mientras que yo tenía que ir por ahí haciendo autostop…
- Dios, pero yo no quería llevarte a casa, no tenía ni idea de qué hacer. Y si me hubieras dicho: “llévame a la ciudad”, o lo que fuera lo habría hecho, o “vente conmigo”. Pero simplemente te quedaste callado. Conduje a casa por pura costumbre, podría haber ido a otro sitio, sin ser consciente, como un autómata…
- Hey, está bien, no te disculpes, de una u otra forma todo habría sucedido igual, no estoy aquí por eso.
El joven acercó su mano al hombro de su hermano para palmearle en la espalda, pero éste, al darse cuenta, se apartó gritando:
- ¿Y por qué estás, entonces? Dios, ¿por qué sigues aquí, dando vueltas? Me cruzo todos los días contigo por el barrio, en cualquier sitio: ayer pasé por delante de la librería de la señora Fletcher y allí te vi, reflejado en el escaparate. Te ví de refilón pero eras tú, al otro lado de la calle, sonriendo como un niño y tomando carrerilla para lanzarte contra el cristal, como el día que papá te echó de casa… Y ahora te has metido en mi coche… ¡En mi coche! ¿Te das cuenta?... No te entiendo, no sé qué haces aquí, ¿por qué me persigues?
 - No te asustes, estoy... porque no puedo estar en otro sitio, no me queda más remedio.
- ¿Pero qué significa eso, me lo quieres explicar? ¿Qué haces dentro de mi coche, de este coche? ¿Cómo puedo estar hablando contigo?
El joven le contestó:
- Escucha, no tenemos por qué hablar de todo aquello si te vas a poner así, pero el caso es que estaba haciendo autoestop porque tengo que ir a un sitio y tú has parado, deberías ayudarme...
- Jesús, esto ya no tiene ningún sentido.
- ¿Tú te acuerdas de mi canario? No creo, tú eras todavía muy pequeño y supongo que nunca te contaríamos la historia, pero el caso es que cuando estaba en tercer grado mamá convenció a papá para que me dejasen tener una mascota. Y me compraron un canario, lo trajeron de la tienda metido en una jaula enorme, de esas que tienen forma de carpa de circo. Era muy bonita, luego la vendimos un verano en el rastrillo de la comunidad; pero el caso es que a mí me daba mucha pena el pájaro, tenerlo encerrado y todo eso, así que cuando mamá no estaba le abría la portezuela y lo dejaba volar por toda la habitación. A veces se posaba en el borde de tu cuna y te cantaba desde allí.
Pero un día se marchó volando por una ventana abierta. Nunca se había escapado, no podía haberlo imaginado. Lo seguí corriendo hasta el parque O'Donnell, y me lo encontré, posado en el respaldo de un banco. Había un chico sentado en él y tenía dos o tres perros, pero el canario no se movía. Lo habrían podido comer, estoy seguro, estaba como hipnotizado. Lo cogí para llevarlo de vuelta a casa, y ni siquiera entonces reaccionó. En cuanto me alejé del banco empezó a aletear, pobrecito. Yo lo apretaba mucho porque tenía que volver a casa antes de que llegase mamá, y además estaba cabreado con él por escaparse y porque seguía insistiendo todavía. Joder, pero no quería hacerle daño, no me daba cuenta de lo que estaba pasando…
- No me digas que lo mataste.
- Para cuando llegué a casa ya estaba muerto. Mamá me vio nada más entrar por la puerta, con el pájaro estrangulado en la mano, y no supe qué decirle. Me eché a llorar, no sé si por ella o por el pájaro o por qué… Al final lo metí en una caja de zapatos y le pedí a mamá que me llevase al parque para enterrarlo. Que tontería, ¿te das cuenta?, fue un viaje de ida y vuelta…
El hombre vio por el espejo retrovisor que en el asiento de atrás del coche se acababa de sentar un niño pequeño, de unos ocho o nueve años, vestido con un uniforme escolar. Era exactamente igual a su hermano en la foto del colegio que tenían en casa, sobre la repisa de la chimenea.
El niño hacía pucheros y se limpiaba los mocos con la manga de la chaqueta. Llevaba sobre su regazo una caja de zapatos abierta, y finalmente sacó de ella una mancha amarilla informe, gelatinosa.
- ¿Qué es eso?
- Es el pájaro. Es bastante raro, lo sé, ya suponía que no te acordarías de él. Tú eras muy pequeño entonces…
- Dios, qué asco.
El niño jugueteaba con la gelatina amarilla, pasándosela de una mano a la otra y pringándose los dedos. A veces la estrujaba con ambas manos, y entonces algunos chorros salían disparados manchando la tapicería del coche y también su uniforme.
- Mamá va a pasar por el parque dentro de unos veinte minutos, y el niño tiene que estar allí. Pasa por allí todos los jueves al volver de la reunión parroquial, y últimamente, desde que le dijiste que aquel día había intentado escaparme de casa, se acuerda siempre de lo del canario... no sé, supongo que es lógico si tienes en cuenta lo que pasó después...
Así que lo tengo que llevar todas las semanas, porque es pequeño y no puede andar solo por los sitios, claro, y además el él... ¿sabes?, de pequeño era un trasto, me estoy dando cuenta últimamente… Bueno, y la verdad es que necesito que nos lleves, he tenido que esperarte aquí y se nos ha hecho tarde -el joven sonreía tímidamente a su hermano al decirle esto. 
El niño había abierto la ventana trasera del automóvil, y se limpiaba la gelatina amarilla de los dedos con el agua de la lluvia. Después sacó la cabeza para que el aire le diese en la cara.
- ¿Sabes? Creo que sí que me acuerdo del canario… Recuerdo un pájaro que se posaba en la mesilla del cuarto y cantaba, es una imagen que tengo grabada desde pequeño; pero en casa no se habló nunca de él, así que supongo que acabé pensando que había sido simplemente un sueño de beb...
En ese momento una sombra amarilla apareció volando de frente al coche, y, sin que el hombre pudiera hacer nada por evitarlo, se estampó contra el parabrisas con un sonoro golpe, dejando en el cristal una enorme mancha roja.
- ¡¿Pero qué ha sido eso?! ¿Tú has visto que nos tirasen una piedra o algo así?
-  No, me parece que te acabas de cargar al canario.
- ¡Dios! Pero… pero el cristal está roto, ¡pero cómo es posible…!
- Sí, la verdad es que ha sido un buen golpe… -concedió su hermano-. Vas a tener que llevarlo al taller…
Luego encogió los hombros, y se dio la vuelta en su asiento para acariciarle la cabeza al niño, que se había puesto a llorar de nuevo, mirando al pajarillo, muerto del todo dentro de su caja. Le pellizcó los mofletes y le hizo carantoñas. Fuera del coche la lluvia continuaba cayendo fuerte, real y sin motivo, y en poco tiempo lavó la sangre del parabrisas. En el cristal había quedado una marca circular, como una telaraña.

jueves, 13 de marzo de 2014

Reseña fútil de reseña

Incluso ahora, que hace años que no juego al baloncesto, tengo interiorizado el tiro a canasta. Lo practiqué mucho de pequeño y llegó a resultarme natural. No medía mentalmente la distancia a la que estaba del aro, ni me concentraba en seguir la mecánica de tiro paso a paso, ni calculaba la fuerza o el ángulo; simplemente miraba fugazmente la canasta y me salía el gesto fluído, sin saber cómo. La puntería se tiene sin entenderla.
Cuando tiras un tiro libre, el reloj está parado. Como si no hubiese tiempo. El partido está suspendido; tú tienes en tus manos el único balón, y todos te miran.
En ese momento te das cuenta de que ya no recuerdas cómo tirar a canasta. Que nunca lo has sabido realmente; solo había que oír la música y dejarse llevar.
Y mientras todos bailan en un instante infinito, tú eres consciente del peso y la solidez de tu cuerpo. Notas un cosquilleo eléctrico que te nace en el tríceps y baja por el brazo poniéndote los pelos de punta.
La manera que tienes de salvar la situación es fiarte de la precisión de la mecánica. Separas los pies, flexionas las rodillas, levantas el brazo de apoyo formando un ángulo recto con el codo, notas el contacto del balón en las yemas de los cinco dedos y la concavidad de la mano. Cada parte de tu cuerpo se mueve por separado, no recuerdas si estirar las piernas antes o después que el brazo. Inmediatamente después de soltar la pelota sientes un vacío en el anverso de la muñeca, como si te faltase de repente el reloj. Pero a veces el tiro entra, claro.
Jorge Martínez está leyendo un libro de Arcadi Espada y ha escrito una reseña copiando su estilo, supongo que sin poder evitarlo. Martínez escribe habitualmente y ya le sale el gesto fluído. Me gusta leer su blog; a priori no tendríamos mucho en común, pero se mudó a París a la vez que yo me venía a Barcelona, y en todos sus textos hay como mínimo una idea, un chispazo que entra limpio como un triple desde la esquina, sin tocar aro.
Esta vez, sin embargo, escribe consciente del peso de sus dedos sobre las teclas. Duda, mide mentalmente las palabras, se concentra en cada frase, calcula lo que dice; en su búsqueda de precisión arcadiana en la mecánica creo que ha perdido algo de la puntería que tiene normalmente.

lunes, 10 de marzo de 2014

A peor viaxe do mundo

Tres homes, one of whom at any rate is feeling quite frightened, camiñan a escuras sobre o mar. Levan dezanove días de viaxe en plena noite e están chegando ó seu destino, nas faldas do monte Terror.
Bill Wilson, "Birdie" Bowers e Apsley Cherry-Garrard partiron da súa base no cabo Evans o 27 de xuño de 1911 con máis de 300 quilogramos de provisións en dous trineos. Rodean a illa de Ross camiñando a oscuras sobre o mar conxelado entre crevasses e seracs, grietas de presión no xeo que serían dificiles de ver incluso coa luz do día; antes de cada paso necesitan tentar co pé e guiarse polo sonido que lles devolve o chan para intuir si poden cargar todo o peso, así que camiñan en silencio.
Sufren temperaturas que se acercan ós -60º C. Os dentes pártenselles ó castañear, o sudor conxélase sobre a súa pel antes de chegar á roupa. Ó deitarse a durmir teñen alucinacións nas que soñan con dulces, e o aire que exhalan mentras tanto vai formando unha capa de escarcha sobre a súa cara que provoca que cada vez respiren con máis fatiga.
Pero ó día seguinte teñen que levanta-lo campamento e continuar avanzando. Tratan de arrastrar ambos trineos á vez, pero en ocasións a neve é tan blanda que teñen que deixar un atrás mentras avanzan co outro. Varias veces por día algún dos tres ten que parar e golpearse metódicamente as pernas ou un brazo para evitar que se lle conxelen, mentras os outros siguen camiñando sen esperalo.
Francamente, non son capaz de facerlle xustiza ó mal que o pasaron. Comparto esta frustración co propio Cherry, quen titulou o seu libro The Worst Journey in the World por este inferno grisáceo de dezanove días, e escribe nel:

"The horror of the nineteen days it took us to travel from Cape Evans to Cape Crozier would have to be re-experienced to be appreciated; and any one would be a fool who went again: it is not possible to describe it"
Dedícalle un largo capítulo que se lee buscando aire a bocanadas coma un peixe fora da auga, no que enumera un problema novo e inesperado(1) en cada párrafo; pero non se queda satisfeito. Por peligrosas que sexan as grietas de presión, a súa foi unha batalla soterrada, sin un momento heroico no que escaparan dunha habitación menguante agarrando o sombreiro xusto antes de que se pechase a porta. Viviron o horror seco e simple das reglas da natureza cumplíndose sobre eles. Frío, sono, fame, un barruzo de pequenos inconvenientes acumulándose un día tras outro, solamente porque non deberían estar alí.
A veces bromeo neste blog cos pequenos desenganos cotidianos que se me caen encima coma folios kamikazes. Téñoos agrupados baixo a etiqueta "Como camiñar nun prado inzado de rastrillos", que é unha referencia ós Simpson, e cando os escribo imaxínome esta escena de slapstick: o protagonista (eu, vaia) da un paso decidido nunha dirección e lévase un golpe na cara co mango dun enciño; desorientado, retrocede cun par de pasiños cortos e recibe outro no lombo, e son golpes que en realidade non doen; despois cáese hacia adiante sen poder evitar poñe-las mans para frena-lo golpe, mentras mira a cámara encollendo os hombros.
Agora pensade no pobre Cherry, un dos nosos, un rapaz pijo e torpón recén saído da universidade. Camiñando desorientado, pasando fame e frío. Notando por exemplo o dolor no codo por non durmir, e o cosquilleo no brazo coma si estivese tratando de escapar de si mesmo; o bloqueo da mandíbula por tela apretada; a pesadez de camiñar nun campo aberto, sin ter onde fixarse. Son sensacións que coñecemos, pero normalmente podemos sacudírnolas de encima e pasar a outra cousa, coma a miña lista de pequenas frustracións. Cherry o único que pode facer é dar un paso máis, atento ó sonido do xeo baixo o seu pé, e espera-lo seguinte golpe.


 
REFERENCIAS
"El peor viaje del mundo" de Apsley Cherry-Garrard

(1) A min nin se me ocurriría pensar, por exemplo, que cando levantan o campamento pola mañá teñen que decidir en qué postura queren arrastra-lo trineo durante todo o día: o abrigo váiselles quedar conxelado nada máis saír da tenda, e si colle unha posición incómoda (digamos que coa capucha demasiado baixa porque se encolleron ó sair) pasarán horas antes de que a poidan correxir.

domingo, 2 de marzo de 2014

Salín compra-lo periódico e volvín cargando un enciño ó hombro

Entro no ascensor. Apreto o botón do segundo piso. Doume conta inmediatamente de que me equivoquei e pulso tamén o do quinto. Mírome no espello do ascensor mentras sube. Quédame corto nas mangas, o xersei este; creo que me encolleu ó lavalo. O ascensor para, e saio del empuxando a porta co tacón mentras aínda miro o xersei. Fixo bólas, definitivamente estropeóuseme; igual debería telo lavado a man, ou metelo nunha bolsa como fai A. coas blusas. Trato de abri-la porta, pero a chave non xira. Miro ben a porta. Non se parece á miña. Volvo correndo ó ascensor, pero pasou demasiado tempo e o mecanismo xa non me deixa entrar. Subo camiñando tres pisos. Cando chego arriba o ascensor está alí, esperándome.

lunes, 10 de febrero de 2014

Si hai camellos atados á entrada é que se come ben

Cada vez que o deixan solo na súa mesa, Rustichello da Pisa  recupera un pergamino que ten medio escondido e escribe afanosamente o que recorda da noite anterior. Levaba 15 anos deixándose envellecer a poucos, traballando durante o día como escribano para os seus captores xenoveses e durmindo polas noites na cárcere, cando o transferiron á cela daquel mercader veneciano, un tipo encantador cun deses sorrisos dos que no fondo sabes que non deberías fiarte, de quen se fixo amigo case instantáneamente porque parecía imposible resistirse.
Desde entón, Marco Polo fálalle tódalas noites sobre as súas viaxes por Cipango, sobre a corte do Gran Khan e as incribles cidades do seu reino. Rustichello memoriza as súas historias e ó día seguinte transcríbeas a escondidas, roubándolle tempo ó seu traballo. Levaba anos sin sentirse tan vivo.
"Sugiu es una hermosa ciudad. Sus habitantes son idólatras y sujetos al Gran Khan. Tienen papel moneda, viven del comercio e industria. Tejen ricas sedas para sus vestimentas."
Rustichello copia ese párrafo, esconde o manuscrito e quédase distraído na súa mesa pensando nas sedas da cidade de Sugiu e nas 10.000 eguas blancas do Gran Khan e no seu palacio recuberto en ouro tallado. Mentras tanto, micer Polo acaba o seu relato e entón o profesor Rodríguez Pardo, presidente do tribunal, cédelle a palabra ó profesor López Rúa, quen despois dunha breve alabanza a modo de introducción lle pregunta ó veneciano pola definición ambiental da zona de actuación. Marco Polo traga saliva, apálpase os petos buscando unha resposta e comeza a falar, algo máis titubeante do que lle gustaría:
"Vughin es otra preciosa ciudad. Sus habitantes son idólatras y súbditos del Gran Khan. Usan papel moneda. Hay seda en cantidad.
Nese momento, o escribano Rustichello volve unhos párrafos atrás e ve que Marco lle dera a mesma definición unhas noites antes, palabra a palabra, para outra cidade distinta. "Qué raro", pensa, "¿copiaríao mal?".
Mira sorprendido ós membros do tribunal, pero ningún deles parece terse dado conta. O presidente non levanta a mirada dos seus folios; o profesor Fernández de Mesa, lixeiramente recostado hacia atrás e cunha perna cruzada sobre a outra como solo saben facer os ricos, podería tranquilamente estar durmindo; López Rúa móstrase satisfeito coa resposta obtida, e a continuación interésase pola batimetría empleada e os estudios xeotécnicos. Marco Polo vai asentindo co ritmo da pregunta, un sorriso abríndose paso na súa cara:
"Sabed que [Ciangan] es grande y rica. Sus habitantes son idólatras y vasallos del Gran Khan. Emplean también papel moneda. Viven del comercio y de las artes. Tejen cendales de toda forma y hechura, y en gran número.
No queda más que mencionar, y os hablaremos de otras ciudades..."
"Disculpe, micer Polo, pero ahora corresponde cederlle a palabra ó profesor Fernández de Mesa", dice Rodríguez Pardo dándolle un pequeno codazo preventivo ó seu compañeiro de tribunal. Este desperézase e fai un comentario sobre o presuposto de licitación que non acaba de callar en pregunta, así que Marco Polo simplemente prosigue o seu relato onde o deixara:
"Cuando partimos de Ciangan, desfilaron ante nosotros durante tres días, en un paisaje risueño y fecundo, castillos, ciudades y villas ricas y pobres, que viven del comercio y las artes. Los habitantes son idólatras y pertenecen al Gran Khan. Como los demás del reino, tienen papel moneda."
E todos sonreímos educadamente e démonos a man e incluso houbo aplausos, mentras Rustichello da Pisa masticaba o seu desengano, e así máis ou menos acabei a carreira. 




REFERENCIAS:
"Viajes. La división del Mundo", de Marco Polo
"Parque Eólico Marino en los Bajos de Baldaio", de Noé Ramalleira

sábado, 8 de febrero de 2014

Bit of a conundrum, here

Son casi as catro da mañá mentras escribo esto. Non é que teña insomnio hoxe, ollo. É máis, estou nese punto dulce no que debería apagar o ordenador e deitarme definitivamente; pero entonces deixaría de escuita-la música, claro.
O problema é que me deixei a radio encendida, antes de colle-los cascos e abrir Spotify. E na radio está Iker Jiménez falando de probas científicas da existencia da telequinesia. É un problema ridículo, fair enough, un guisante debaixo da cama. Pero si xa me molesta agora o pouco que oio nas pausas entre canción e canción, acolchado o sonido polos auriculares, ter que escuitalo a viva voz, por pouco tempo que fose, cabrearíame ata o punto de non deixarme durmir. Son un ecosistema moi delicado polas noites, granted.
A solución pasaría, por tanto, por levantarme da cama sin sacarme os cascos e sin desenchufalos, suxetando o portátil cunha man, con cuidado, e apagar a radio sin ter que oir a pseudociencia de Jiménez. É a única solución que se me ocurre e non son capaz de pensar en nada máis, porque ás catro da mañá un é coma un rinoceronte en estampida, incapaz de xirar.
Antes de deitarme, antes incluso de encende-la radio, freguei os cacharros da cena; por razóns que descoñezo, unha taza encontrou a maneira de escurrírseme das mans, saltar hacia arriba e caerse finalmente ó chan en gimnástico dibujo en el aire.
Cheguei á habitación cabreado conmigo mesmo pero distraínme un momento e cando me quixen dar conta tiña o móbil na man e estaba a mirar twitter. Pouseino, espantado, na mesiña de noite, en concreto encima das gafas; deslizouse sobre elas e acabou caendo pola parte de atrás da mesa. Cando estaba apartándoa para recolle-lo teléfono, a lámpara de repente veuse sin ningunha mesa debaixo, e despois de valora-la situación durante un instante resolveu caerse ó chan, pero eu agarreina no aire cunha axilidade completamente impropia de min e volvina poñer sobre a mesa, de onde a tirei co codo dous minutos despois.
Con estos antecedentes, comprenderedes que non me atreva a poñer algo tan valioso como o portátil nas miñas mans. Suxeita-lo ordenador cunha man mentras sigo conectado a el mediante os cascos, dar tres pasos na oscuridade sin tropezar con nada e acertar co botón de apagado da radio sin tirala ou, qué sei eu, meterlle o dedo no ollo ó gato resultame, a estas horas da noite, imposible de imaxinar.
Así que aquí estou, punto dulce do sono long gone, oíndo de fondo as probas científicas de que hai xente capaz de mover obxetos coa mente.