miércoles, 9 de enero de 2013

martes, 8 de enero de 2013

Prólogo al libro de Jacinto Antón

El mismo mar baña por igual las Svalbard y la Ría de Foz, la Ítaca que añoraba Odiseo y la Isla Elefante de la que Shackleton escapó.
Vivimos rodeados de él y necesitamos navegarlo y pescar; pero es un medio hostil para nosotros, que nacemos gateando. Es un enorme animal dormido que nos mata sin querer cuando se despereza, pero como tenemos que convivir con él nos decimos que lo dominamos, que lo entendemos incluso. Hemos inventado a Escila y Caribdis y al Kraken para justificar su traición cuando atacaba barcos y se quedaba con sus marineros; y dragones, en los mapas antiguos, por no confesar simplemente que había zonas de aquel mar con el que convivíamos que todavía nos eran desconocidas.
La única manera de ir conociendo al monstruo, de perderle el miedo al mar, es jugar de pequeño en una playa. En ese momento todo es sencillo: no creemos que exista nada más allá del horizonte, así que el mar es solamente una ola que viene a estallar en la arena y otra que la sigue; y la lucha histórica de la Humanidad contra el animal indomable se reduce a decidir entre tirarte de cabeza hacia la ola o intentar la sutileza de dejarte mecer y hacer que pase a través de ti.
Este libro funciona como una playa, una lectura soleada en la que siestear mientras suenan rítmicamente de fondo las olas batiendo contra la arena. Scott, Almászy, Lawrence... todas arrastran profundidades en las que perderse, podríamos pasarnos la vida entera buceando. Este libro te permite chapotear en la orilla, gritar entre la espuma y, tal vez, escoger una ola bajo la cual sumergirte y seguir a partir de ahí buceando mar adentro.

jueves, 19 de abril de 2012

Como camiñar nun prado inzado de rastrillos

Para empezar temos un módem, que lle alquilamos a R e que en teoría soamente podería dar servicio mediante cable a un ordenador. Pero en lugar del temos ladinamente conectado un router, para... lanzar a wifi... ó... ambiente.
O caso é que non tiña internet, e para saber si o que estaba estropeado era o módem (é decir, culpa de R) ou o router (é decir, culpa miña por andar enchufando cables ó tuntún), ocurríuseme probar a enchufa-lo módem directamente ó ordenador. Era unha idea estúpida, porque como ó conectalo non aparecese máxicamente The Internet no escritorio seguiría sin saber si R non me daba servicio ou eu tiña que facer algo máis que enchufar cables e cruza-los dedos coma un nativo de Galveston, pero qué sei eu, estaba improvisando.
Desconectei o cable do router e nese instante asaltoume o seguinte problema: tiña que encontra-lo cable vello co que o módem se conectaba ó ordenador.
Ataquei o problema con determinación. Desde onde estaba, sentado no suelo debaixo da mesa de despacho de meu pai, coa torre do ordenador entre as pernas e unha soa man libre porque coa outra seguía agarrando o cable do router, abrín ó caixón do escritorio, á altura da miña cabeza, donde me parecía que meu pai gardaba os cables, e asomeime estirando o cuello coma unha tortuga.
Mentras facía esto, outro problema salira ó meu encontro. No caixón non había cables, pero sí unhos CDs formando unha pila demasiado alta e o primeiro do montón sobresalía do borde traseiro do caixón, así ó abrilo, tropezou contra algo e escurriuse, hacia atrás, no de abaixo.
Esto seino agora, claro; no momento soamente notei que algo caía hacia atrás, así que fixen o que me parecía máis lóxico: pechei o caixón do CD e abrín o seguinte hacia abaixo. E o CD, evidentemente, repetiu o proceso que seguira antes: tropezou mentras eu abría un caixón co resalto inferior do frontal do que estaba a pechar, e caeu outra vez hacia atrás polo mismo furado.
Pero esta vez acabou no fondo do mueble; a única maneira de recuperalo era desmontar o caixón. E a esas alturas debería ter parado, pero xa era presa dunha fiereza frenética, así que o desmontei dun tirón. E collín o disco, como novedade, sin problemas.
Sudoroso, sentado no chan baixo a mesa do despacho de meu pai abrazando coas pernas un procesador, coma un koala, con un cable nunha man e un router e máis un caixón metálico desmontado tirados no chan ó lado, levantei o CD como si fose o óso de "2001" ou o micrófono de Operación Triunfo, sin querer darlle demasiada importancia a que fose unha recopilación de demos de programas da Computer Hoy de Junio do 1996.
Vencera, demonios. Chegara ó final do camiño de ida e agora solo tiña que ir pouco a pouco desfacendo o andado e desenguedellándome. O primeiro paso era coloca-lo caixón no seu sitio.
Sona fácil, pero era un caixón metálico cheo literalmente ata os topes e eu solo tiña unha man libre para levantalo e colocalo sobre os raíles. E non din feito, aínda que soltei o cable do router (creo que foi nese momento cando me din conta de que era o que levaba buscando desde o principio), así que non me quedaba máis remedio que vacialo un pouco.
Había unha  pila de libros e documentos soltos apilados. Tiña pinta de ser o que máis pesaba de todo, e decidín sacala e probar outra vez.
Mentras tiña os libros no aire e buscaba algún sitio onde pousalos, esquivando o caixón, o cable, o router, o CD e a torre de ordenador que me rodeaban, caéuseme na cabeza un montón de papeis que había sobre a mesa. Sin que viñese a conto, sin provocación previa; coma un ataque kamikaze, lanzáronse sobre min aparecendo de improviso e abatíronme.
Nese momento soltei sin querer os libros, que caeron encima do router, e antes de que me puidese dar conta o gato entrou na habitación como unha centella e levouse xogando polo pasillo adiante o cable do módem.
Cando despertei había un dinosaurio.

viernes, 23 de marzo de 2012

El armario de mi habitación (... y II)

Fui vaciando los cajones del armario sobre una sábana vieja en el suelo: al cabo de un tiempo se acumulaban en ella varios cromos sueltos de la liga del 76, una colección de postales de mi tía C., el soporte roto de un crucifijo, algunos mecheros de propaganda y una gran cantidad de esa suciedad indefinida que se acumula en las casas viejas, que no es ni polvo ni serrín sino una mezcla de todo, es tiempo sedimentado, misterio y suciedad.
También las trenzas de pelo de mis tías, que estuve a punto de tirar pero acabó llevándose mi madrina para hacerse unas extensiones, cuando vino a por su vestido de novia. Y también, finalmente, un triángulo de cartón del tamaño de una cuartilla.
Tiene escritas con lápiz a lo largo de dos de sus lados las letras del alfabeto, y en el tercero los números del uno al diez; en el centro, las palabras "Sí" y "No" y en los vértices, "Cuerpo", "Mente" y "Espíritu".
Creo que es la ouija de mi bisabuelo.

Insomnio en pareja

Una de esas noches de insomnio y calor y cada vez que te mueves haces ruido y descolocas algo que no serás capaz de colocar fácilmente luego sin hacer más ruido, así que deberías estarte quietecito.
Y la puñetera mesa tiene un tablero circular y luego una columna -la llamo columna pero sé que es un pie, estoy convencido con mi cerrazón de madrugada de que la columna cilíndrica que sujeta el tablero circular de una mesa no es una pata ni una pila, es un pie, pero tengo que llamarle columna porque el puto pie acaba en tres tacos triangulares, tres piezas que no son tres patas distintas, sino un trípode, y así el pie se convierte en tres, es uno y trino.
Y yo lo único que hago es tropezarme una y otra vez con los pies, incapaz de evitarlos, como mi padre jugando al fútbol. Solía jugar todas las semanas con sus compañeros de trabajo, que siempre eran recién licenciados que acababan de llegar a la empresa y ya estaban a punto de irse; mi padre llevaba quince años jugando el partido de los jueves y bromeaba con el otro viejo que quedaba. "A los veinte eres felino", decía el otro, "eres un gato. Corres -eso más o menos seguimos haciéndolo-, pero además giras, regateas, y lo mejor es que sabes a dónde vas, porque eres capaz de levantar la vista... A los cuarenta y pico corres mirando el balón y esperando que nada se te cruce por delante, eres como un elefante en estampida".
Si te estás quieto en cama tu excitación nerviosa, tu alienación insomne hace que te pasen por la cabeza ideas e imágenes como flashes deslumbrantes, como bombas de luz, y no puedes sentir otra cosa que la urgencia de escribirlo, de dejar constancia y de hacer algo, pero ya no sirve de nada, porque si eres capaz de pensar en escribirlo es que ya ha pasado, si todavía estuviesen allí no verías nada, sólo el humo, sólo luz blanca.
Tendrías simplemente que cerrar los ojos y dejarte aplastar, pero no eres capaz de no intentarlo así que haces ruido y te levantas y haces ruido y enciendes el ordenador y haces ruido y piensas que seguro que tienes algún texto a medio escribir al que le vendría bien tu energía nerviosa y desordenada de elefante en estampida si consiguieses domarla.
De alguna manera que no recuerdas porque has llegado corriendo sin levantar la vista, te encuentras delante de un documento con aquella historia que quisiste contar en cualquier otro momento sobre una mesita de tu bisabuelo, por ejemplo, y lo intentas aunque no te sientes capaz de hablar de ebanistería.
Y encima nunca llegas a la parte de tu bisabuelo haciendo la ouija para su patrón y aunque llegues no merecerá la pena, serán sólo palabras colocadas una tras otra formando frases y párrafos sin flashes deslumbrantes y habrás malgastado toda tu capacidad de concentración en buscar un sinónimo de pie y en  cuestiones teológicas.
Lo que pasa es que llegados a un determinado punto ya no se trata de decir nada en concreto y ni siquiera de que las metáforas tengan sentido, sino de sacar palabras, de sacar presión y hacer sitio, y que lo que se quede dentro sea el problema de otras noches.

El límite de mi capacidad como escritor

Camino por una calle cualquiera. Comienza a anochecer y la luz del sol, que está muy bajo, me da directamente en la cara, así que compongo un gesto que parece una sonrisa, entrecerrando los ojos. Pero no es un gesto que parece una sonrisa, ya empiezo, es esegesto en concreto: achino los ojos, levanto los pómulos, ese gesto, frunzo ligeramente el ceño.
Camino cruzándome con sombras a contraluz, sin cara ni sexo; cuando son grupos apenas consigo distinguir un bulto de otro. Lo curioso es que el sol brilla en su contorno, y se refleja en su pelo… No lo explico bien, otra vez: son personas, no sé si había quedado claro, me voy cruzando con personas que no consigo distinguir porque las veo a contraluz y el sol me molesta en los ojos así que para mí son sombras; pero de todas ellas, sean lo que sean en realidad (mujeres u hombres, bajos, ancianos...) surgen cabellos sueltos que, al sol que les da de refilón, brillan perfilados, yo qué sé, como un aura. Es bonito y es también muy poco importante.
Me pasa constantemente, me enredo en explicaciones de algo que sólo me importó a mí, sólo en un preciso momento. Son explicaciones liosas, mal escritas, nunca sé como frenarme para darle coherencia a todo lo que se me ocurre, no sé si frases largas o cortas, si escribir adjetivos o no... Ahora mismo, por ejemplo, me pregunto si la frase anterior está bien escrita, si es o no literatura; y además me rondan la cabeza tres o cuatro ideas sueltas que no consigo enlazar: que el primer párrafo no está bien escrito, no sólo no es literariamente bonito sino que ni siquiera es una buena descripción, nadie entenderá a qué me refiero… pero en último término no quería describir la situación (camino por tal acera, la calle tiene tantos carriles y en determinado momento pasa un coche), si no que quería que vieses lo que vi, sólo unos cabellos brillando al sol y movidos ligeramente por el viento, sin que importe mucho todo lo demás. Lo que era bonito era la situación, no el intento de reproducirla, así que todo lo que escriba es un gasto inútil de palabras, y sí, claro que una foto hubiese estado mejor, pero de todas formas tú no estabas allí y no sabes que hacía una brisa que refrescaba lo justo, y que estaba volviendo a casa así que estaba de buen humor, y que me encanta caminar por la ciudad… y aunque hubieses estado, tú no eres como yo, ¿sabes?
Finalmente, lo que me gustaría es que tú fueses yo, para así poder compartir contigo (es decir, conmigo mismo) esa alegría poco importante que me sobrevino un día cualquiera en una calle cualquiera, y luego no fui capaz de expresar porque cualquier calle va más allá del límite de mi capacidad como escritor

La mesita de mi bisabuelo

A lo largo de las décadas, mi familia ha conservado muy pocos muebles viejos en la casa; apenas el armario de mi habitación, un tocador con espejo, una mesa auxiliar y una butaca con un brazo roto, que mis padres usan de galán de noche. Es algo de lo que mi madre habla a veces con bastante pena, porque recuerda muebles antiguos que mi abuela dejó pudrir o regaló a los gitanos, y los siente como trozos perdidos de su infancia.
La mesita, que tiene unos ochenta años, está todavía en buen estado, aunque le falta uno de los pies del trípode que la sostendría. Nunca supe cómo había acabado así, sólo la recuerdo coja y arrumbada en alguna esquina del garaje, y me acostumbré a ella hasta pensar que aquel era su sitio y aquella su naturaleza, ser un trozo cojo de otra época sin función en la actualidad.
Por eso me sorprendió encontrarme en el desván el pie que le faltaba y darme cuenta de que, después de todo, arreglarla era un asunto meramente práctico, sin melancolía e incluso bastante sencillo.
Me puse a la labor como si fuera un hombre de acción, armado de martillo y clavos y también de un bote de cola, porque no tenía claro qué debía utilizar. Resultó que la pata quedaba demasiado holgada, la solapa saliente del pie era más pequeña que la ranura con la que debía machihembrar. Me extrañó, pero no me paré a pensarlo: yo era un hombre con una misión y no me iba a dejar vencer, cuando todo lo que necesitaba era encontrar una cuña de madera para rellenar el hueco.
Buscándola por el garaje, me crucé con mi madre y le comenté de pasada que la pata de la mesita no encajaba. Me contestó que nunca lo había hecho, porque era la mesa de mi bisabuelo.
Y ahí fue cuando me desvié de la misión, porque no entendía a qué se refería. Al preguntárselo, respondió sin mucha concreción que era "donde hacía sus espectáculos". Y tardó todavía un rato en contarme la historia del bisabuelo:
Le llamaban O Cochero porque era el chófer del rico del pueblo, un indiano que se había vuelto de Cuba y se había hecho un caserón al lado de la ría. El hombre había sido médico pero le apasionaban los fenómenos paranormales, supongo que en la época la frontera no estaba todavía del todo clara.
Muy convenientemente, mi bisabuelo era capaz de hablar con los muertos. De vez en cuando, para impresionar a las visitas, el patrón le pedía que les preparase una demostración, y entonces subían los huéspedes al salón, donde él había colocado sobre la mesa un mantel que la cubría hasta el suelo, y encima de éste una especie de tabla de ouija, y algunos vasos con agua o velas.
Se sentaba a la mesa, haciendo que los participantes formasen un círculo alrededor; después empezaba el espectáculo, citaba a los muertos y estos le respondían y pasaba lo que se supone que tiene que pasar en estas circunstancias y poco a poco la situación iba haciéndose más intensa (imagino que pondría los ojos en blanco, gritaría, qué sé yo) hasta que, en el momento oportuno, le pegaba una pequeña patada a un pedal que se encontraba disimulado al lado de uno de los pies y entonces el tablero de la mesa vibraba, haciendo que el agua se vertiese o las velas temblasen, y los huéspedes se alejaban asustados.
Luego pasó el suficiente tiempo para que las cosas se estropeasen, se murió mi bisabuelo y el mecanismo del pedal se acabó soltando, dejando la pata suelta. A mi bisabuela le daba vergüenza contar esas historias de su difunto marido, y creo que su vergüenza percoló a través de mis abuelos y mi madre y fue lo que hizo que nadie en la familia se decidiese a arreglar la mesita. Sospecho incluso que alguien, tal vez mi abuela, se ocupó de desperdigar las piezas para que quedase por siempre coja.
Pero ahora sólo falta encontrar una cuña de madera que encaje bien en el hueco para rehabilitarla. Y la estoy buscando, que conste; o tal vez debería hacerla, cortarla con el hacha. Aunque me pregunto si el pedal no estará todavía en alguna esquina del desván.