viernes, 23 de marzo de 2012

La mesita de mi bisabuelo

A lo largo de las décadas, mi familia ha conservado muy pocos muebles viejos en la casa; apenas el armario de mi habitación, un tocador con espejo, una mesa auxiliar y una butaca con un brazo roto, que mis padres usan de galán de noche. Es algo de lo que mi madre habla a veces con bastante pena, porque recuerda muebles antiguos que mi abuela dejó pudrir o regaló a los gitanos, y los siente como trozos perdidos de su infancia.
La mesita, que tiene unos ochenta años, está todavía en buen estado, aunque le falta uno de los pies del trípode que la sostendría. Nunca supe cómo había acabado así, sólo la recuerdo coja y arrumbada en alguna esquina del garaje, y me acostumbré a ella hasta pensar que aquel era su sitio y aquella su naturaleza, ser un trozo cojo de otra época sin función en la actualidad.
Por eso me sorprendió encontrarme en el desván el pie que le faltaba y darme cuenta de que, después de todo, arreglarla era un asunto meramente práctico, sin melancolía e incluso bastante sencillo.
Me puse a la labor como si fuera un hombre de acción, armado de martillo y clavos y también de un bote de cola, porque no tenía claro qué debía utilizar. Resultó que la pata quedaba demasiado holgada, la solapa saliente del pie era más pequeña que la ranura con la que debía machihembrar. Me extrañó, pero no me paré a pensarlo: yo era un hombre con una misión y no me iba a dejar vencer, cuando todo lo que necesitaba era encontrar una cuña de madera para rellenar el hueco.
Buscándola por el garaje, me crucé con mi madre y le comenté de pasada que la pata de la mesita no encajaba. Me contestó que nunca lo había hecho, porque era la mesa de mi bisabuelo.
Y ahí fue cuando me desvié de la misión, porque no entendía a qué se refería. Al preguntárselo, respondió sin mucha concreción que era "donde hacía sus espectáculos". Y tardó todavía un rato en contarme la historia del bisabuelo:
Le llamaban O Cochero porque era el chófer del rico del pueblo, un indiano que se había vuelto de Cuba y se había hecho un caserón al lado de la ría. El hombre había sido médico pero le apasionaban los fenómenos paranormales, supongo que en la época la frontera no estaba todavía del todo clara.
Muy convenientemente, mi bisabuelo era capaz de hablar con los muertos. De vez en cuando, para impresionar a las visitas, el patrón le pedía que les preparase una demostración, y entonces subían los huéspedes al salón, donde él había colocado sobre la mesa un mantel que la cubría hasta el suelo, y encima de éste una especie de tabla de ouija, y algunos vasos con agua o velas.
Se sentaba a la mesa, haciendo que los participantes formasen un círculo alrededor; después empezaba el espectáculo, citaba a los muertos y estos le respondían y pasaba lo que se supone que tiene que pasar en estas circunstancias y poco a poco la situación iba haciéndose más intensa (imagino que pondría los ojos en blanco, gritaría, qué sé yo) hasta que, en el momento oportuno, le pegaba una pequeña patada a un pedal que se encontraba disimulado al lado de uno de los pies y entonces el tablero de la mesa vibraba, haciendo que el agua se vertiese o las velas temblasen, y los huéspedes se alejaban asustados.
Luego pasó el suficiente tiempo para que las cosas se estropeasen, se murió mi bisabuelo y el mecanismo del pedal se acabó soltando, dejando la pata suelta. A mi bisabuela le daba vergüenza contar esas historias de su difunto marido, y creo que su vergüenza percoló a través de mis abuelos y mi madre y fue lo que hizo que nadie en la familia se decidiese a arreglar la mesita. Sospecho incluso que alguien, tal vez mi abuela, se ocupó de desperdigar las piezas para que quedase por siempre coja.
Pero ahora sólo falta encontrar una cuña de madera que encaje bien en el hueco para rehabilitarla. Y la estoy buscando, que conste; o tal vez debería hacerla, cortarla con el hacha. Aunque me pregunto si el pedal no estará todavía en alguna esquina del desván.

Pasei ganas de abrilo por ver si desarrollaba máis a idea.

Recibín un correo spam deses de alargarse o pene. O eslógan decía: "Turn from love guru to sex machine", como si fose evidente que é moito mellor ser unha sex machine que un love guru.

domingo, 18 de marzo de 2012

La Dama de Shanghai en Astorga

"Once, off the hump of Brazil I saw the ocean so darkened with blood it was black, and the sun fainting away over the lip of the sky. We'd put in at Fortaleza, and a few of us had lines out for a bit of idle fishing. It was me who had the first strike. A shark it was. Then there was another, and another shark again, 'til all about the sea was made of sharks and more sharks still, and no water at all. My shark had torn himself from the hook, and the scent, or maybe the stain it was, and him bleeding his life away drove the rest of them mad. Then the beasts turn to eating each other. In their frenzy, they ate at themselves. You could feel the lust of murder like a wind stinging your eyes, and you could smell the death, reeking up out of the sea. I never saw anything worse... until this little picnic tonight. And you know, there wasn't one of them sharks in the whole crazy pack that survived."
Arthur Bannister suda, tirado en una hamaca. También lo hace su abogado, George Grisby, que está sentado junto a las botellas de bebida y las cubiteras con hielo, preparando cócteles. Bannister está ya borracho y juega a ser un borracho brutalmente honesto: "A George le encanta tener a Michael cerca, querida" -le dice a su esposa Elsa (Rita Hayworth), tumbada en un butacón a su lado- "Es tan grande y tan fuerte... pero está preocupado de que pueda estar enamorándose de ti, y de que eso me haga infeliz".
"Eres un estúpido, George, deberías darte cuenta de que no me importa que Michael se enamore de mi esposa. Él es joven, ella es joven; él es fuerte, ella hermosa..."
Está muerto de celos y hurgando gratuitamente en la herida, está revolcándose sudoroso en su barro y disfrutando mezquinamente de la situación. Bannister es poderoso y puede hacerles sufrir sin que se atrevan a llevarle la contraria: George está histriónicamente molesto, pero continúa mezclando cócteles; Elsa lo ignora fríamente desde su butacón.
El silencio es pastoso y oscuro como la sangre de los tiburones. Pero a Bannister no le llega la incomodidad, quiere pelea, puñetazos, quiere abochornar a los criados y regodearse en lo bajo que ha caído, así que manda llamar a Michael O'Hara (Orson Welles), el amante de su mujer. Trata de provocarlo para que lo ataque, pero O'Hara lo desprecia y dice, dirigéndose a los tres a la vez: "¿Así es como se divierten, todo el día sentados, insultándose los unos a los otros?".
Y hasta aquí parecería que se ha equivocado, pero después les cuenta la historia de los tiburones que se devoran entre ellos simplemente porque está en su naturaleza y no tienen la capacidad de parar; de la misma forma, Bannister no puede escapar a sus celos y a su crueldad y los otros no pueden huir de él. Todos están atrapados y sudan y beben incapaces de respirar.
Recuerdo esa escena de "La dama de Shanghai" mientras veo en "El Desencanto" a los hermanos Panero jugando a ser gratuitamente crueles y brutalmente honestos.
Como Bannister, los Panero son víctimas y verdugos, y se lanzan dentelladas cómplices para asustar a los espectadores mientras su madre los contempla desde un butacón, qué otra cosa podría hacer, atrapada como Elsa, aparentando frialdad mientras los mordiscos la desangran.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Fragmento de "Hacia el Polo", de Fridtjof Nansen

"Nuestro maquinista tiene con el motor las mismas atenciones que un padre con su hijo. En el curso de los tres años que duró el viaje, no pasó ni un solo día sin que fuera a dar un vistazo y acariciar algún órgano de su querida máquina."

jueves, 26 de enero de 2012

Fragmento de "Hacia el Polo", de Fridtjof Nansen

"La lucha de hielo contra hielo es, sin duda, un espectáculo extraordinario. Se siente uno en presencia de fuerzas titánicas.
Al comienzo de una gran presión parece que todo el globo ha de conmoverse con tales choques. Primero se oye como el retumbo de un terremoto muy lejano, luego el ruido se acerca y estalla a la vez en diversos puntos. Los ecos del gran desierto de nieve, hasta allí silencioso, repiten ese mugido con estampidos de trueno, los gigantes de la Naturaleza se preparan para el combate. El hielo cruje por todos lados, se rompe y se amontona formando torosses y, de repente, os encontráis en medio de esa lucha espantosa.
Todo rechina y muge, el hielo se estremece cuando pisáis; por todas partes terribles convulsiones. Envueltos en tinieblas, veis subir los témpanos como montañas, y acercarse a vosotros como olas amenazadoras. Fragmentos de cuatro o cinco metros saltan al aire en esas colisiones, y montan unos sobre otros ocaen pulverizados... Ahora os envuelven por doquier masas de hielo móvil prontas a desplomarse sobre vosotros. Para libraros de su estrujón mortal os disponéis a huir; pero delante de vuestros pies cede el hielo, se abre una negra sima y el agua fluye a oleadas por la abertura. Si queréis escapar en la otra dirección, a través de la oscuridad distinguís una nueva cordillera de moles que avanzan hacia vosotrros. Buscáis otro paso y encontráis cerrada toda salida."

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Neva

Os copos de neve son demasiado pequenos para caer a peso, así que van dun lado a outro movidos polo capricho do vento. Levados aquí e aló por cortas ráfagas que os arrastran bruscamente, semella sen embargo que son eles quenes remolonean no aire para non chegaren ó chan e cando acaban caendo disólvense sen remedio, mollando o patio.
A poucos, sen embargo, vai desaparecendo o color verde deste, vai aclarándose, e ás once e vintecinco, cando ó sonar o timbre do recreo para de nevar e aparece lonxe no ceo moi brillante o sol, ilumínase un marabilloso tapiz fino e branco xusto antes da tormenta de nenos que xa saen das clases, ás miñas costas, e baixan correndo cara á saída do patio.
Un paso, dous pasos, tres pasos. A neve é esponxosa, seguro que cruxirá, e ten unha, dúas, tres marcas verdes con forma de bota. O neno sigue andando, e detrás veñen máis, cada vez máis, que corren deixando pisadas, unhas encima doutras, facendo desaparecer baixo os seus pés a neve.
Agárrana coas mans núas e alborozadamente tíranse bólas. A delicada capa que lograra callar está desaparecendo rabuñada do chan por pequenas mans de nenos, disolvéndose co sol e converténdose en auga sobre xeo, ensuciándose polas botas. Hai nenos correndo dun lado a outro, esvarando no xeo, empuxándose, berrando… agachados, algúns recollen montonciños de xeo marrón medio derretido que lles ensucia as mans, e que se lles escorre pola manga adentro.
Temo non ser capaz de explica-la situación: son hordas, son manchas movéndose en tódalas direccións seguindo algún tipo de orde oculto que non descifro dende aquí, coma as formigas en desbandada ó tirarlle unha pedra ó formigueiro, como estorninos no ceo, debuxando formas.
Algún tipo de animal, en todo caso… Dáme pena non poder explicalo, que non sexades capaces de ver como eu vexo o estoupido violento das bolas de neve sucia contra os seus abrigos, que non oiades como eu oio o rumor sordo que compoñen tódalas súas uñas rascando contra o chan, as puntas dos dedos roxas e insensibles.
Vexo a un deles resbalar e caer, coma unha presa fácil, unha gacela. E aínda que se levanta dun pulo e sen darse conta de nada, a súa nariz está a sangrar, un regueiro roxo que cae limpamente dende a súa cara ó infinito e sobre o chan. Cando se decata quédase parado no medio e medio do formigueiro, inclina a súa cabeza cara atrás e así espera a que pare a hemorraxia, respirando pola boca, moi forte e moi seguido, soltando bocanadas de vapor hacia arriba cada vez que o fai…
Cando sona o timbre de final do recreo, mentres todos se van do patio, o sol apágase tras deles como as luces dun espectáculo acabado, e a escena escurécese. A única neve que queda branca está nas sombrías esquinas do patio, cubrindo bolsas vellas de patacas ou paquetes baleiros de tabaco. A imaxe prodúceme a sensación do fin dalgún tipo de experiencia catártica.
Despois comeza a nevar de novo na clase de Bioloxía, maxia, pequenas folerpas de neve brancas caen de novo bailando valses para min ó outro lado da ventá, optimistas, tapando a mancha de sangue do patio como si nada tivera pasado.

viernes, 29 de julio de 2011

De librerías por Barcelona

Foto tomada na librería Altaïr de Barcelona. O libro que se ve en primeiro plano é The Home of the Blizzard, de sir Douglas Mawson, que narra a experiencia da Expedición Australiana que el comandaba; mentras que o do fondo é un libro colectivo editado por geoplaneta sobre a Expedición Transantártica do irlandés Ernest Shackleton (Shackleton, la Odisea de la Antártida); por tanto, trátase de libros sobre diferentes exploradores que comandaron expedicións distintas, dende países moi lonxanos entre sí. E sen embargo a fotografía de portada é a mesma. Curioso, ¿non?
Non sei o suficiente do asunto para explicar definitivamente por qué se da este erro (ou, dito doutra maneira, saber quén aparece na fotografía e por tanto quén se confundiu ó edita-lo libro); supoño, sen embargo, que sei de onde vén o erro:
O autor da foto é o máis claro nexo común entre ambas expedicións, xa que participou en ambas (tal vez non fose o único): Frank Hurley, un fotógrafo australiano que tomou parte primeiro na expedición do seu compatriota Mawson e anos despois foi contratado por Shackleton para embarcarse con el no Endurance.
A escritora Caroline Alexander, unha autoridade mundial en canto a Shackleton, retrata a Hurley no libro Atrapados en el Hielo (que por certo é o terceiro libro que aparece -ou se intúe- na fotografía) como un home moi práctico e capaz, e un fotógrafo moi hábil e tan comprometido co seu traballo que era quen de escalar montañas ou subirse ós mástiles do barco cargado co seu pesado equipo para conseguir boas panorámicas.
Sen embargo, tamén era bastante tramposo: para  engadir maior atractivo ás fotos que presentaba nas súas conferencias, non tiña reparo en edita-los negativos, por exemplo para substituir o ceo antártico, limpio e gris, por outro máis interesante estéticamente. Pero ademáis diso, cando na súa xira notaba que a xente estaba interesada en ver algunha fotografía que el non tiña, buscaba entre o seu archivo aquela que millor poidese enganar ó público, alterándoa si era necesario, e simplemente presentábaa na seguinte conferencia sen ningún rubor.
Existe, por exemplo, unha fotografía moi coñecida que en ocasións se identifica como a despedida dos náufragos en Illa Elefante ós seus compañeiros de expedición que embarcaban no bote auxiliar James Caird para volver á civilización e pedir axuda; e noutras, co momento final do rescate da expedición. En realidade, según Alexander, trátase dunha máis dentro dunha serie de imaxes que Hurley tomou durante os preparativos da singladura do Caird, pero probablemente os homes embarcados no bote da imaxe (por certo, creo recordar que non era o Caird, senón o Stamcombe Wills) soamente iban a comprobar as correntes á saída da bahía ou algo así, e volverían ó campamento como moito ó día seguinte.
Así que todo o bon que tiña Hurley como fotógrafo perdíao en canto a arquivista, ou memorialista: contaba a historia da maneira que máis fose a gustar ó público, e con unhos ceos espectaculares de fondo, e probablemente agora mesmo esté deixándome levar pola mesma falta de precisión que lle achaco a Hurley, pero estoume imaxinando o seu archivo como un lío descomunal de fotografías recortadas ou editadas, negativos descolocados e con un título que non se correspondía coa escena, un lío tal que o pobre traballador da editorial que quixo buscar unha foto para facer a portada nin siquiera foi quen de saber de qué expedición era a imaxe que finalmente escolleu.



REFERENCIAS:
"Atrapados en el hielo", de Caroline Alexander